El ratón Mickey. Existe un fragmento de Benjamin (Walter) titulado Mickey Mouse. Me explico: ese hombre había traducido a Proust, había entendido a Baudelaire más de lo que nunca antes se lo había entendido, había escrito un libro fundamental sobre el drama barroco alemán (casi, casi, sólo él sabía lo que era), pasaba el tiempo dándole la vuelta a Goethe, como si fuera un calcetín, recitaba de memoria a Marx, adoraba a Heródoto, regalaba sus ideas a Adorno, y en el momento apropiado pensó que para comprender el mundo -para comprender el mundo, no para ser un erudito inútil habría sido oportuno comprender ¿a quién? A Mickey Mouse.
ALESSANDRO BARICCO, Los bárbaros. Ensayo sobre la mutación, 2008.
El salario mínimo en Colombia es un chiste, ridículamente alto, que debe ser reducido.
ALBERTO CARRASQUILLA (exministro de Hacienda), 2008.
UNO
Antes, para que algo me conmoviera, debía venir respaldado por músicas orquestales con violines in crescendo, planimetrías elaboradas, bucólicas paletas de color. Me divertía con How I Met Your Mother, ni siquiera me esforzaba por fingirlo cuando departía sobrio con familiares y amigos. Conocía mejor las renderizadas calles de Raccoon City que las de Bogotá. Me resultaban más emotivas las suaves puestas de sol en Grand Theft Auto que las verdaderas, siempre ocultas tras la persiana de mi habitación. Era bueno para los tiros de esquina en FIFA aunque en el mundo real apenas había tocado un balón. La realidad misma con frecuencia me resultaba insuficiente, permanecía ajeno a ella. Comí más pepas en la vida real que en Pac-Man.
Ahora puedo apreciar y disfrutar los pequeños detalles. La fachada de una casa que me transporta a un pueblo en la costa, los patrones ocultos en las ramas de un árbol, un Renault 4 abandonado que me ve triste desde un potrero, una pandilla de perros aullando a la luna, la dignidad de los señores mayores que venden esferos y kits de costura en el transporte público, los cucarrones voladores brotando del suelo en temporada, los maniquíes mutilados que continúan prestando sus servicios a la moda popular, las torcazas acurrucadas entre los recovecos de un edificio evitando el aguacero, el azul celeste con el que la ciudad nos cobija más a menudo de lo pensado, los dientes de león abriéndose paso entre el cemento de los andenes, un chulo solitario que vuela suspendido en las alturas, la iluminación producida por ese momento particular del ocaso, los vientos de agosto soplando en mi cara.
Ahora puedo apreciar y disfrutar los pequeños detalles. No siempre fue así.
DOS
—¿Podrías ordenarle a Pablo que le baje un poquito el volumen a esos hijueputas altoparlantes?— dijo Catalina con altanería inusual —ya he visto por lo menos a tres clientes hacer cara de culo por el ruido y siempre que le digo algo a ese güevón, sale con que tú eres quien está a cargo, que si algo, se lo digas tú.
Un intenso brillo azul salía de sus aretes mientras agitaba su melena negra para gesticular de más y hacer énfasis en su disgusto. Qué impertinente se ha vuelto mi Cata, pensé. Volví a los pendientes. Parecen diamantes de verdad. Cuando menos, zircones de muy buena calidad, pero... con el millón ochocientos mil pesos que se gana al mes, ¿Cómo haría para pagarlos? ¿Quién se los dio? ¿Por qué?
—Cata— le respondí de manera pausada y serena —ya hablo con Pablo, y tú, por favor, bájale un poquito a la grosería. Te recuerdo que hay clientes cerca y que por mucho que te moleste— le susurré al oído — sigo siendo tu jefe, así que deja la pendejada ¿Ok?
Odiaba hablarle así a ella, aún la quería. ¡Puta vida!, incluso apreciaba a su hija ¿por qué esa niña no era mía?, ¿por qué Cata y yo no seguíamos juntos?, ¿por qué todo tenía que haberse ido a la mierda?
Con ella una vez me hice blando, y a decir verdad, se sentía bastante bien. Así empiezas a juguetear con los cachorros que encuentras en la calle y a hablar con sus dueños, a ser amable con los ancianos y los niños en el bus, a levantarte de buen ánimo los lunes. Preciso cuando estás en ese estado, cuando crees que todo es justo y bueno, y que en verdad tú también mereces un poco de ello, aparece tu ex novia juerguista de la universidad, parte drogadicta, parte ninfómana y mandas todo al carajo.
Las promesas de viaje a destinos impopulares, el odio compartido hacia los gatos, los escenarios en los que nos vimos educando a nuestros niños imaginarios, los nuestros, los de los dos, los que le harían compañía algunos años más a Sara, su hija casi adolescente. Ella soñaba que salieran del Francés, yo del Vermont; ella quería que primero fuera una niña, que se llamara Katalina, con K, yo quería que se llamara Elena, sin H. Pero aquí no hubo posibilidad de disculpas, drama o de segundas oportunidades. Al otro día de darse por entendida de mi faena, se largó junto con Sara del apartamento mediano que durante dos años largos arrendamos por el Park Way. Una pena, la niña ya se había encariñado conmigo. Intentaba materializar al padre que nunca tuvo en el gañán de turno que sumara algunos meses saliendo con su madre. Yo juntaba veintisiete. Cata seguro se hizo estas consideraciones, pero de nada sirvieron ni las explicaciones ni los universos paralelos que le pinté, en los cuales éramos felices y volvíamos a estar juntos.
En el Zara de la ochenta y dos donde trabajamos, ella vendedora, yo encargado, en donde los pisos y las sonrisas relampaguean de brillantes, la música es siempre optimista y los maniquíes se confunden fácil con la gente, de tajo empezó a tratarme con la distancia que se da a un superior que se desprecia en silencio. Una vez agoté todos los esfuerzos para una reconciliación y muy consciente de la improbabilidad de que esto sucediera, pretendí ignorar su comportamiento y comerme a tantas de sus conocidas y amigas como me fuera posible.
—Si vas a echarme... hazlo...— dijo acercándose a mi oído derecho —En este momento poco o nada necesito este trabajo— y de inmediato se volteó, con calma exasperante y una risita forzada, para atender a una mujer de veintitantos que des- de atrás le preguntaba si ya había salido ropa con descuento de la temporada anterior.
Sentí una punzada en la garganta y una oleada de calor me recorrió el cuerpo, de abajo a arriba, como si de golpe hubiera caído en una fiebre alta. Los aretes, los malditos aretes, algo se traía, andaba con alguien. Uno que quizá la merecía y la apartaría por siempre de mi lado. La idea me revolcaba la cabeza, ardía en ira, estaba dispuesto a confrontarla de la peor manera, iba a hacerlo... pero se hizo un tumulto de gente en la salida de los vestidores del primer piso, a escasos metros de donde estábamos. Los guardias de la entrada corrieron a controlar la situación. Parecían confundidos, al unísono repicaban sus radiofrecuencias portátiles, pero al llegar al gentío, se quedaban paralizados con una mirada que oscilaba entre el horror y el asco. Al percatarse de la situación, varios de los vendedores se acercaron también hacia la masa humana con la intención de dispersarla, pero en cuanto alguien se aproximaba demasiado, ya fuera cliente o empleado del local, de forma inmediata surgía el mismo gesto de su cara: el asco, las arcadas y posteriormente la inmovilidad.
Con temor, y un paso a la vez, me aproximé hacia el gentío. Por desgracia, si alguien debía tomar medidas era yo, el gerente y encargado de tienda, quien gana algo más que el resto de los miserables que también malgastan acá sus días. Cerré los ojos, ensimismado en una suerte de trance que me evadía de manera temporal del problema. Creí era una fracción de segundo, pero al abrirlos, noté el tumulto disipado casi al instante y al Problema frente a mí, agarrado firme de una de mis piernas.
Un hombrecillo desnudo de aspecto asiático, embadurnado por completo en mierda humana, estaba enganchado de mi pierna izquierda repitiendo rítmicamente mi nombre, como si de un mantra se tratara: “Jonathan Andrés Ruíz, Jonathan Andrés Ruíz, Jonathan Andrés Ruíz”... decía con extraño acento el maldito desgraciado, mientras escondía algo que se sentía como un taco de papel muy doblado en uno de mis zapatos. Vestía únicamente unas gafas y me miraba atento tras ellas. Las náuseas me vencieron y no pude contener el deseo de vomitar. El engendro pareció complacido, se levantó veloz, sonrió, hizo una perfecta reverencia inclinando su cuerpo hacia adelante y salió zumbando del almacén sin que nadie se atreviera a ponerle un dedo encima.
Me costó reincorporarme. Con los ojos llorosos exhalé una bocanada de aire y de forma instintiva busqué la mirada de Catalina que me escrutaba de arriba abajo junto con el resto de la multitud. Hice un barrido rápido de todas esas miradas y detecté sorpresa en ellas, repugnancia, expectación, temor, e incluso sentí en algunas la satisfacción que les producía ver cómo se resquebraja ante ellas la autoridad de una pequeña figura de poder, que no era otra que la mía. Obtuve una lectura escueta de todos esos gestos y posturas, pero no sucedió así con Catalina. Sus ojos marrón oscuro, negros incluso a media distancia, no reflejaban emoción alguna. Con esa reacción fría en mente y procurando salvar la dignidad que me quedaba, grité a los guardias:
—¿Qué hacen mirando acá, güevones? ¡Corran a ver si con unos plásticos o cualquier cosa logran coger a ese man!— Luego me dirigí a los vendedores —Y ustedes, ya que no me van a ayudar en nada, ¡por lo menos vuelvan con los clientes! ¿O están esperando a que se atiendan solos? ¿O a que se roben la ropa o qué?
Una vez disipado el círculo de la vergüenza que me rodeaba, me acerqué a Pablo, el vendedor que más confianza me inspiraba y lo más cercano a un amigo que tenía en este lugar.
—Ayúdame a hablar con las señoras del aseo, hay que limpiar el vestier completo, el piso, las puertas y todo lo que haya tocado ese hijueputa. Dile a doña Esther que si quiere, una vez salga de eso, se puede tomar el resto de la tarde. Pablo, yo me voy para la casa, necesito bañarme y cambiarme. Te encargo la tienda, nos vemos mañana.
Pablo ofreció llamar a la policía y reportar el incidente. Me sugirió botar la ropa y tomar un vestido nuevo para irme a la casa, pero la verdad es que no quería permanecer un segundo más ahí sintiendo cómo mi autoestima se desmoronaba. Salí de inmediato con la intención de caminar hasta el apartamento, después de todo, no serían más de quince o veinte cuadras, me vendrá bien el aire fresco, pensaba. Pero al salir y sentir el repudio que le producía a los transeúntes, preferí pagar cualquier recargo que me cobrara uno de los taxis estacionados en la fila frente al almacén. Al final, para tomar algo de aire, sería suficiente con abrir la ventana.

