domingo, 28 de septiembre de 2025

Veintidós Salarios Mínimos (Capítulos 1 y 2)


El ratón Mickey. Existe un fragmento de Benjamin (Walter) titulado Mickey Mouse. Me explico: ese hombre había traducido a Proust, había entendido a Baudelaire más de lo que nunca antes se lo había entendido, había escrito un libro fundamental sobre el drama barroco alemán (casi, casi, sólo él sabía lo que era), pasaba el tiempo dándole la vuelta a Goethe, como si fuera un calcetín, recitaba de memoria a Marx, adoraba a Heródoto, regalaba sus ideas a Adorno, y en el momento apropiado pensó que para comprender el mundo -para comprender el mundo, no para ser un erudito inútil habría sido oportuno comprender ¿a quién? A Mickey Mouse. 

ALESSANDRO BARICCO, Los bárbaros. Ensayo sobre la mutación, 2008.


El salario mínimo en Colombia es un chiste, ridículamente alto, que debe ser reducido. 

ALBERTO CARRASQUILLA (exministro de Hacienda), 2008.



UNO 

Antes, para que algo me conmoviera, debía venir respaldado por músicas orquestales con violines in crescendo, planimetrías elaboradas, bucólicas paletas de color. Me divertía con How I Met Your Mother, ni siquiera me esforzaba por fingirlo cuando departía sobrio con familiares y amigos. Conocía mejor las renderizadas calles de Raccoon City que las de Bogotá. Me resultaban más emotivas las suaves puestas de sol en Grand Theft Auto que las verdaderas, siempre ocultas tras la persiana de mi habitación. Era bueno para los tiros de esquina en FIFA aunque en el mundo real apenas había tocado un balón. La realidad misma con frecuencia me resultaba insuficiente, permanecía ajeno a ella. Comí más pepas en la vida real que en Pac-Man.

Ahora puedo apreciar y disfrutar los pequeños detalles. La fachada de una casa que me transporta a un pueblo en la costa, los patrones ocultos en las ramas de un árbol, un Renault 4 abandonado que me ve triste desde un potrero, una pandilla de perros aullando a la luna, la dignidad de los señores mayores que venden esferos y kits de costura en el transporte público, los cucarrones voladores brotando del suelo en temporada, los maniquíes mutilados que continúan prestando sus servicios a la moda popular, las torcazas acurrucadas entre los recovecos de un edificio evitando el aguacero, el azul celeste con el que la ciudad nos cobija más a menudo de lo pensado, los dientes de león abriéndose paso entre el cemento de los andenes, un chulo solitario que vuela suspendido en las alturas, la iluminación producida por ese momento particular del ocaso, los vientos de agosto soplando en mi cara.

Ahora puedo apreciar y disfrutar los pequeños detalles. No siempre fue así. 


DOS

—¿Podrías ordenarle a Pablo que le baje un poquito el volumen a esos hijueputas altoparlantes?— dijo Catalina con altanería inusual —ya he visto por lo menos a tres clientes hacer cara de culo por el ruido y siempre que le digo algo a ese güevón, sale con que tú eres quien está a cargo, que si algo, se lo digas tú.

Un intenso brillo azul salía de sus aretes mientras agitaba su melena negra para gesticular de más y hacer énfasis en su disgusto. Qué impertinente se ha vuelto mi Cata, pensé. Volví a los pendientes. Parecen diamantes de verdad. Cuando menos, zircones de muy buena calidad, pero... con el millón ochocientos mil pesos que se gana al mes, ¿Cómo haría para pagarlos? ¿Quién se los dio? ¿Por qué?

—Cata— le respondí de manera pausada y serena —ya hablo con Pablo, y tú, por favor, bájale un poquito a la grosería. Te recuerdo que hay clientes cerca y que por mucho que te moleste— le susurré al oído — sigo siendo tu jefe, así que deja la pendejada ¿Ok?

Odiaba hablarle así a ella, aún la quería. ¡Puta vida!, incluso apreciaba a su hija ¿por qué esa niña no era mía?, ¿por qué Cata y yo no seguíamos juntos?, ¿por qué todo tenía que haberse ido a la mierda?

Con ella una vez me hice blando, y a decir verdad, se sentía bastante bien. Así empiezas a juguetear con los cachorros que encuentras en la calle y a hablar con sus dueños, a ser amable con los ancianos y los niños en el bus, a levantarte de buen ánimo los lunes. Preciso cuando estás en ese estado, cuando crees que todo es justo y bueno, y que en verdad tú también mereces un poco de ello, aparece tu ex novia juerguista de la universidad, parte drogadicta, parte ninfómana y mandas todo al carajo.

Las promesas de viaje a destinos impopulares, el odio compartido hacia los gatos, los escenarios en los que nos vimos educando a nuestros niños imaginarios, los nuestros, los de los dos, los que le harían compañía algunos años más a Sara, su hija casi adolescente. Ella soñaba que salieran del Francés, yo del Vermont; ella quería que primero fuera una niña, que se llamara Katalina, con K, yo quería que se llamara Elena, sin H. Pero aquí no hubo posibilidad de disculpas, drama o de segundas oportunidades. Al otro día de darse por entendida de mi faena, se largó junto con Sara del apartamento mediano que durante dos años largos arrendamos por el Park Way. Una pena, la niña ya se había encariñado conmigo. Intentaba materializar al padre que nunca tuvo en el gañán de turno que sumara algunos meses saliendo con su madre. Yo juntaba veintisiete. Cata seguro se hizo estas consideraciones, pero de nada sirvieron ni las explicaciones ni los universos paralelos que le pinté, en los cuales éramos felices y volvíamos a estar juntos.

En el Zara de la ochenta y dos donde trabajamos, ella vendedora, yo encargado, en donde los pisos y las sonrisas relampaguean de brillantes, la música es siempre optimista y los maniquíes se confunden fácil con la gente, de tajo empezó a tratarme con la distancia que se da a un superior que se desprecia en silencio. Una vez agoté todos los esfuerzos para una reconciliación y muy consciente de la improbabilidad de que esto sucediera, pretendí ignorar su comportamiento y comerme a tantas de sus conocidas y amigas como me fuera posible.

—Si vas a echarme... hazlo...— dijo acercándose a mi oído derecho —En este momento poco o nada necesito este trabajo— y de inmediato se volteó, con calma exasperante y una risita forzada, para atender a una mujer de veintitantos que des- de atrás le preguntaba si ya había salido ropa con descuento de la temporada anterior.

Sentí una punzada en la garganta y una oleada de calor me recorrió el cuerpo, de abajo a arriba, como si de golpe hubiera caído en una fiebre alta. Los aretes, los malditos aretes, algo se traía, andaba con alguien. Uno que quizá la merecía y la apartaría por siempre de mi lado. La idea me revolcaba la cabeza, ardía en ira, estaba dispuesto a confrontarla de la peor manera, iba a hacerlo... pero se hizo un tumulto de gente en la salida de los vestidores del primer piso, a escasos metros de donde estábamos. Los guardias de la entrada corrieron a controlar la situación. Parecían confundidos, al unísono repicaban sus radiofrecuencias portátiles, pero al llegar al gentío, se quedaban paralizados con una mirada que oscilaba entre el horror y el asco. Al percatarse de la situación, varios de los vendedores se acercaron también hacia la masa humana con la intención de dispersarla, pero en cuanto alguien se aproximaba demasiado, ya fuera cliente o empleado del local, de forma inmediata surgía el mismo gesto de su cara: el asco, las arcadas y posteriormente la inmovilidad.

Con temor, y un paso a la vez, me aproximé hacia el gentío. Por desgracia, si alguien debía tomar medidas era yo, el gerente y encargado de tienda, quien gana algo más que el resto de los miserables que también malgastan acá sus días. Cerré los ojos, ensimismado en una suerte de trance que me evadía de manera temporal del problema. Creí era una fracción de segundo, pero al abrirlos, noté el tumulto disipado casi al instante y al Problema frente a mí, agarrado firme de una de mis piernas.

Un hombrecillo desnudo de aspecto asiático, embadurnado por completo en mierda humana, estaba enganchado de mi pierna izquierda repitiendo rítmicamente mi nombre, como si de un mantra se tratara: “Jonathan Andrés Ruíz, Jonathan Andrés Ruíz, Jonathan Andrés Ruíz”... decía con extraño acento el maldito desgraciado, mientras escondía algo que se sentía como un taco de papel muy doblado en uno de mis zapatos. Vestía únicamente unas gafas y me miraba atento tras ellas. Las náuseas me vencieron y no pude contener el deseo de vomitar. El engendro pareció complacido, se levantó veloz, sonrió, hizo una perfecta reverencia inclinando su cuerpo hacia adelante y salió zumbando del almacén sin que nadie se atreviera a ponerle un dedo encima.

Me costó reincorporarme. Con los ojos llorosos exhalé una bocanada de aire y de forma instintiva busqué la mirada de Catalina que me escrutaba de arriba abajo junto con el resto de la multitud. Hice un barrido rápido de todas esas miradas y detecté sorpresa en ellas, repugnancia, expectación, temor, e incluso sentí en algunas la satisfacción que les producía ver cómo se resquebraja ante ellas la autoridad de una pequeña figura de poder, que no era otra que la mía. Obtuve una lectura escueta de todos esos gestos y posturas, pero no sucedió así con Catalina. Sus ojos marrón oscuro, negros incluso a media distancia, no reflejaban emoción alguna. Con esa reacción fría en mente y procurando salvar la dignidad que me quedaba, grité a los guardias:

—¿Qué hacen mirando acá, güevones? ¡Corran a ver si con unos plásticos o cualquier cosa logran coger a ese man!— Luego me dirigí a los vendedores —Y ustedes, ya que no me van a ayudar en nada, ¡por lo menos vuelvan con los clientes! ¿O están esperando a que se atiendan solos? ¿O a que se roben la ropa o qué?

Una vez disipado el círculo de la vergüenza que me rodeaba, me acerqué a Pablo, el vendedor que más confianza me inspiraba y lo más cercano a un amigo que tenía en este lugar.

—Ayúdame a hablar con las señoras del aseo, hay que limpiar el vestier completo, el piso, las puertas y todo lo que haya tocado ese hijueputa. Dile a doña Esther que si quiere, una vez salga de eso, se puede tomar el resto de la tarde. Pablo, yo me voy para la casa, necesito bañarme y cambiarme. Te encargo la tienda, nos vemos mañana.

Pablo ofreció llamar a la policía y reportar el incidente. Me sugirió botar la ropa y tomar un vestido nuevo para irme a la casa, pero la verdad es que no quería permanecer un segundo más ahí sintiendo cómo mi autoestima se desmoronaba. Salí de inmediato con la intención de caminar hasta el apartamento, después de todo, no serían más de quince o veinte cuadras, me vendrá bien el aire fresco, pensaba. Pero al salir y sentir el repudio que le producía a los transeúntes, preferí pagar cualquier recargo que me cobrara uno de los taxis estacionados en la fila frente al almacén. Al final, para tomar algo de aire, sería suficiente con abrir la ventana. 


viernes, 26 de septiembre de 2025

La más reconocida del Brazo de Orión



 La más reconocida del Brazo de Orión 


Ariane - The Overexposed Stock Image Model



¿Ha soñado usted con esta persona?


Al principio lo hizo pegando sus manos sobre las paredes de una caverna y cubriéndolas con pigmento. Luego mediante la reproducción de sus proporciones en toda suerte de pictogramas, grabados y estatuas. Después en pinturas y luego con carteles a una tinta con su perfil, pegados en serial en tantos murales de tantas calles como le fue posible. 



Cueva de las Manos, Santa Cruz (Patagonia argentina), 9300 AP.



Logró hacerlo también con su voz mediante un ingenioso recurso: ¡amigos, habitantes y visitantes de este sector!...


Mantequilla de árbol,

Naranja ombligona,

Mazamorra,

Tamales,

Chatarra…


¡Aprovechen!... prestándola para toda suerte de comunicaciones comerciales de diversos productos y servicios, consiguió amplificarla mediante recursos radiofónicos que la hicieron ubicua primero por las entrañas de los vecindarios, luego por las arterías y sus subsecuentes bifurcaciones viales, conquistando así barrios enteros.


Para su siguiente truco, se realizó un fotoestudio en Foto Japón el cual luego digitalizó. Se encargaría entonces de subirlo a la nube bajo un acuerdo de libre uso ‘Royalty Free’ haciéndola accesibles de modo gratuito a quien sea fuere quisiera usarlas. De ese modo su rostro, al empezar a aparecer en cuanta publicidad de cualquier tipo de producto, marca y servicio, consiguió hacerse ahora reconocida a una escala aún mayor.


Aunque nadie supiera exactamente de quién se trataba, muchos coincidían en recordar haberle visto o escuchado en alguna parte. Y cómo no, si de un modo u otro se hizo presente entre ciudades enteras. De pendones promocionando cortes de cabello en peluquerías de barrio, a su cara en las cajas de los propios artefactos electrónicos para afeitar. De cajas de leche y cursos de inglés a publicaciones de todo tipo, físicas y en la red también, acompañando comunicaciones de colegios y universidades, pero también de marcas de papel higiénico y de cigarrillos. Incluso apareció extensivamente en una campaña digital en el Tíbet, empleada como símbolo de revolución. 


Hizo lo propio con su palabra:


"Estamos de aniversario pero los regalos son para usted" 

"Just Do It"

"El sueño de tener casa propia" 

"Think Different"

"Nueve de cada diez dentistas la usan"

“Keep walking”

"La mejor versión de ti"

“Connecting People”

“Precios de locura”

“Destapa la felicidad”

“El más vendido de su categoría”

“A gusto con la vida”

“Pague 1 y lleve 2”


Aunque algunas de estas máximas eran simples y llanas mentiras, al hacerla aforismos y a golpe de repetición, consiguió difundirla mediante toda suerte de recursos gráficos, sonoros y en último término audiovisuales, valiéndose de cuanto megáfono y plataforma estuviera a la mano. Así su alcance se hizo global.


Saltar de allí al mundo onírico fue relativamente sencillo. Un bulo, un hoax de Internet, presuntamente de su propia autoría empezó a circular. Se hablaba de una persona que aparecía en los sueños de los demás y también en el mundo real. Para terminar de desdibujar esta frontera, se apoyó en el advenimiento de una tecnología que permitía convertir al instante las más salvajes fantasías y derrapes mentales en proyecciones audiovisuales concretas mediante sencillos comandos de texto.


Había conseguido también ser grabada en un disco de oro cuyo destino eran las estrellas. La sonda espacial que le lleva surca hoy los confines de la Nube de Oort, en las periferias de nuestro vecindario solar, más allá de la Burbuja Local. Para ese entonces logró dimensiones cosmológicas. Exposición en toda suerte de objetos del catálogo celeste de nuestro Brazo Local, tales como: las Pléyades, el Cúmulo de la Mariposa y las nebulosas Dumbbell y Roseta, por citar algunos ejemplos. 


Todas, entre las más reconocidas del Brazo de Orión.


Para acceder a la ‘banda sonora’ del relato (una lista de reproducción de libre acceso en YouTube Music), favor escanear este código.


domingo, 8 de junio de 2025

 3.

Los Primarios


#2 

[Las Moscas]





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“Los ojos son la ventana del alma”

Sabiduría popular


“Siempre hay alguien observando”

Sabiduría popular


Baal Zebub “El Señor de las Moscas”.

Mitología filistea. Ecrón, Pentápolis.


“Porque sobre de mí, la ropa y las moscas, por imprudentes”

Diomedes Díaz










Capítulo I


Solo hay tres entidades en toda la creación con la capacidad de habitar y/o de manifestarse, e incluso de perturbar, hasta el nivel correspondiente a cada una; ayer, hoy y mañana de forma simultánea. Los especímenes más sofisticados, sensibles e informados del orden Diptera, especialmente los Muscidae, lucen la distinción de ser uno de ellos. Uno muy particular por demás. La única de las tres equipada con receptáculos visuales altamente sofisticados que abarcan todos los rangos del espectro electromagnético. Los visibles y los no visibles. Ojos puestos en todos los accesos y pasajes de todos los Mundos, sin tratarse de una especie del orden Impera, ni siquiera una del orden Magna. Tampoco una del orden Superior, como las aves (especialmente los corvoides), Homo Sapiens, los octópodos, los felinos y algunas especies de escualos. Nisiquiera una de las correspondientes a las ramas medias del Árbol de la Vida. El honor corresponde a Musca. El más humilde insecto. 


Musca domestica. La mosca común. Seres sexagesadimencionales con la capacidad de verlo todo en todas partes al mismo tiempo. Su particular naturaleza les confiere la habilidad de atestiguar eventos y de transportar información atravesando el Tiempo y el Espacio y el espacio y el tiempo entre ellos. Habilidades que se ofrecen seductoras como para ser aprovechadas por cualquier habitante de un nivel y/o phylum superior. Es decir, seres inteligentes en sumo grado, sintientes y muy conscientes de su propia existencia. Sin embargo, dicho deseo suele verse comunmente truncado por entrañar una endiablada dificultad. En primer lugar, lograr identificar un ejemplar de Musca domestica dotado con estas prodigiosas características exacerbadas y luego de ello, ganarse su confianza para que decida transportar algún mensaje a voluntad del solicitante hacia cualquier momento o lugar de la existencia entera o para que permita echar un vistazo en los registros compartidos con sus congéneres de cualquier momento y de cualquier nivel del continuo tiempo-espacial. Los veinticincomil pares de ojos de Ecrón en uno y todos contenidos allí sucesivamente a la vez. 


Pero las moscas no obedecen a nadie, ni siquiera a otras moscas. A veces, a sus reinas. Las moscas están cuándo y dónde quieren, en especial los individuos más evolucionados. Casi imposibles de forzar a servir como mensajeros para transportar información, debido a su naturaleza salvaje e impredecible. Son “las hienas de Insecta". Prácticamente nulas posibilidades de domesticarlas, adiestrarlas o de siquiera establecer algún tipo de vínculo emocional con ellas. Sus cortos ciclos de vida comparados con los de los representantes de órdenes como el Superior y aún más, los del orden Magna, por citar un par de ejemplos, hacen aún más difícil la de por sí ya casi imposible tarea de hacerse con su favor y colaboración.








Capítulo II



Una enorme y por ello ominosa Musca domestica con lomo (torax y abdomen en realidad) azul tornasolado entra por una rendija de la ventana apenas entreabierta de una sala de un habitáculo con vista exterior en el piso dieciseis de una construcción de aspecto babilónico que se yergue monolítica en el centro de la región de la metrópolis en la que se encuentra. Los ojos de la mosca, tecnología óptica de avanzada (microrejilla inluída) con acabado en cromo rojizo y destellos intermitentes blancos, relampaguean al vuelo. 250 FPS (Fotogramas Por Segundo) de poder a su servicio. Los hombres apenas alcanzan 60 FPS. Su poderoso y pesado aleteo hace vibrar el entorno en ondas anunciando su entrada triunfal. Sonido de trompetas en la dimensión de Baal Zebub. Esta es la señal. Es un ejemplar hermoso. También parece haber buena fortuna, y esto no depende del habitante que reside en el inmueble ni de la mosca.


Es una mensajera. Una de las listas. De aquellas gordas de vuelo lerdo y confiado, pero solo cuando no perciben amenaza alguna. De las de vuelo cuasi supersónico para deplazarse de un punto corto al otro únicamente cuando circunstancias complejas lo demandan. Es de las que sabe dosificar sus habilidades, talentos y fuerzas en intersección con las circunstancias del entorno. 


Para el ojo poco entrenado, esta mosca se desplaza sin sentido alguno por el espacio y por el tiempo. Cualquier iniciado notará fácilmente que su vuelo, perfectamente planificado, responde a complejos patrones geométricos a gran escala que aumentan exponencialmente de modo veloz y que pronto escapan de nuestra comprensión. Transitar que únicamente desvía de su curso cuando su propia existencia en el nivel uno se ve puesta en riesgo.


Esta mosca en particular no se conforma con posarse frente al habitante para así capturar su atención. Vuela de frente hacia el. Desvía con un espacio bastante prudente su vuelo para no chocar con su cara y pasa zumbándole algo en una lengua incomprensible, primero en el oído izquierdo y luego en el derecho. Es un murmuro corto, pero cualquiera entendería que se trata de algo súmamente importante.


El habitante no sabe qué hacer. No sabe cómo interpretar la señal. Si es una señal. ¿Es esto real o es solo sueño? ¿Es una mosca común o es una con un mensaje de algo o alguien desde cualquier momento del Tiempo y del Espacio en cualquier nivel de la existencia? ¿Está aquí solo para observarme, para goce de sí misma y de todas las de su especie? ¿Para goce del Uno, del Universo experimentándose subjetivamente? ¿Es eso?


No. Ha de ser una mosca común. Agarra un trapo viejo hecho de tela rugosa y parda. Prueba aullentarla agitándola a su lado con gentileza. Naturalmente, el habitante no quiere matarla. Después de todo, podría ser, existe la mínima posibilidad, de que no se trate simplemente de una mosca de la fruta. 


La mosca no tiene intención alguna de moverse de allí. Quien le pide hacerlo, no enviste la autoridad necesaria para ordenarlo. Su presencia es tan notable y magnética, que empieza a tornarse insoportable para el habitante, quien no ve más remedio, muy a su pesar, que el de aturdirla con un suave golpe para luego recogerla del suelo con delicadeza y subirla en un papel. Luego le aventará gentilmente por la ventana si las corrientes de viento son favorables. Si no lo son, será antes de que la mosca despierte, pero se hará con sumo cuidado. Es necesario. No hay de otra. La mosca no quizo escuchar las suplicas que le hizo en las cuales le imploraba que se marchara, que no tenía ninguna intención de lastimarla, que solo quería no verle. Que no era nada personal, pero que sentía temor ante su presencia y que en el fondo también le repugnaba. También le decía, en voz alta y con convicción, que si acaso se trataba de “otro asunto”, de otro cierto “tipo especial” de mosca, entonces que le perdonara por no haber entendido su mensaje y por ser tan tonto y por quizas haber perdido la oportunidad única de recibir información del más allá. Desde lo desconocido.


Contrariado pero decidido, el habitante agita el trapo con más fuerza contra la mosca. Se le va la mano. Fue casi un golpe. La mosca vio todo venir, líteralmente en cámara lenta. Pero desde que hizo contacto visual con el habitante percibió que era un alma gentil y por eso bajó con él sus defensas. Lo del golpe con intención real de herirla no se lo esperaba. La tomó por sorpresa. No lo vio venir. Se desploma y cae pesada contra el suelo.


El hombre está horrorizado. Crea en lo que crea, sabe de corazón que nunca debió lastimar a esa mosca. A ninguna en particular, pero menos a esta. Menos aún matarla. No era su intención. Se lamenta. Corre angustiado los muebles y cortinas junto a la ventana. Quiere darle aire a la mosca para que se recupere. Corre hacia su cocina en búsqueda de un poco de agua con azucar para ofrecerle en una pequeña cuchara. “Podría serte útil para cuando te despiertes, hermana” reflexiona amargamente. La gigante y confiada mosca, de esas que, si quiesieran, podrían alzar vuelo a velocidad semi hiperlumínica, ha sido derribada. Quienes observan la escena desde los diferentes planos y niveles no lo pueden creer. El amor es tambien confiar. Pero al escoger en quien confiar se puede elegir mal. Todo indica que la mosca eligió mal. 


La mosca ha muerto.


O quizás no. Se estaba reiniciando hasta los niveles de arranque. Le cuesta volver a cargar, pero logra hacerlo. Se reincorpora y lo hace con un depliegue casi vulgar de poder. Quizás esté furiosa. Quizás herida, decepcionada. Con vuelo hiperlumínico y supersónico se desplaza al instante desde el suelo hasta el vórtice creado en el centro del marco de la ventana abierta ahora de par en par. Por un lado, el habitáculo con el agresivo habitante del piso dieciséis adentro. Su misión por cumplir elegida a voluntad. Por el otro, la libertad y el Mundo en todos sus niveles. La vida. La decisión parece obvia, pero a veces las cosas se hacen de modo diferente por primera vez. No se hacen igual que todas las otras veces. La mosca vuela una vez más, pero esta vez a muy baja velocidad, de frente hacia el hombre. El hombre no puede creerlo. Está feliz de ver a la mosca más viva que nunca, incluso si esto significa verla volar lenta y torpemente hacia él. Se averguenza de estar frente a frente con ella. La mosca ha tomado una desición. Es menos que presa fácil, de nuevo.


Vuela de frente hacia la cara del hombre. Se detiene a un brazo de distancia justo frente a sus ojos. Zumba de modo distinto, más vibrante, más grave, con más intención. Perturba ondulantemente todo el entorno. Parece haber un brillo azulado emanando de su ser. Con velocidad indescriptible, pasa de estar frente a los ojos del habitante a estar junto a su oreja izquierda. Murmura algo en su idioma. Se teletransporta ahora hacia su oreja derecha. Revela la otra mitad de su mantra. Vuelve a ponerse a la vista del habitante, ahora a escasos centímetros de su frente. Lo hace por muy pocos segundos y ahora sí, se desmaterializa ante sus ojos. 


O quizas no. Solo pasó algo de viento, arrastró partículas que se metieron en los ojos del habitante, le hicieron pestañear por un instante y justo en ese momento la mosca, probablemente común, voló rápido y desapareció entre la bruma. 



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martes, 7 de julio de 2015

Esos raros trabajos nuevos

  


    La llegada del hombre a Marte fue una farsa – disparó Dany mientras sostenía un vaso desechable lleno de expreso y miraba azaroso a ambos lados de la vía, advirtiendo su deseo de cruzarla antes de que lo indicara el semáforo.
       Tienes que dejar de consumir toda esa basura conspirativa en la red – le dije. De haber sido un montaje ¿crees que la coalición espacial entre chinos y brasileños no lo habría develado? Es decir, con tantas cámaras, satélites y chatarra deambulando por nuestro sistema solar, alguien tendría que haberse dado cuenta… ¿verdad?
       Crees demasiado en el mass media – reparó, sorbió un poco de café y tomó impulso para arrojar su cuerpo en dirección a un vehículo que pasaba a alta velocidad frente a nosotros. Naturalmente, el auto paró al instante, en seco, no sin antes hacerle pasar un mal rato a sus ocupantes, los cuales nos lanzaron una mirada amarga desde las ventanas, ya que casi con seguridad un poco de schmëins, café caliente o de té chai se habría regado sobre sus pantalones.
       Dany sonrió y retrocedió hacia el andén una vez el vehículo reanudó la marcha, “la broma del aventón” siempre lograba ponerle de buen animo. El truco en realidad era una tontería, era bien sabido por todos que el control de cualquier automotor, e incluso de cualquier maquinaria medianamente sofisticada, hacía ya bastante años había escapado a cualquier vestigio de intervención humana. Sensores de todo tipo conectados veinticuatro horas a la gran nube de información se intercomunicaban en tiempo real entre si, reduciendo tanto colisiones terrestres y aéreas como desastres industriales y laborales prácticamente a cero. La llamada por Dany “broma del aventón” resultaba pues, siendo una estupidez predecible, propia de preadolescentes rebeldes. Necedades que no cabría esperar de dos tipos bien trajeados rozando los veinticinco años que laboran en pleno corazón del distrito recreativo de la ciudad.
       Siete de julio. Un día como hoy, llegó el primero de los ángeles de Neon Génesis Evangelion a destruir Tokio– dijo Dany indiferente mientras le lanzaba miradas lujuriosas a una mujer que caminaba prácticamente desnuda junto a nosotros y esperaba junto con el resto de peatones a que el semáforo arrojara luz verde para avanzar.
       Ya fuera por el acoso de las miradas, o solo por seguir el ritmo de la canción que sonaba en su reproductor personal de música, la mujer se adelantó unos cuantos segundos al cambio de luz y no esperó a que el tráfico vehicular se detuviera por completo. Una acción sin consecuencias aparentes, y mucho menos fatales. Pero a veces, y no con mucha frecuencia, la señal de un dispositivo no es lanzada a tiempo a la nube. Un satélite se desvía unos cuantos centímetros de su curso. Un transistor se resiste a conducir un pulso eléctrico cuando tiene que hacerlo, y entonces ocurre lo imposible: una mujer semidesnuda es impactada por un módulo autómata de transporte de valores, unas dos toneladas de polímero y metal acelerados a casi 300 kph frenando en seco alcanzan a golpear su cuerpo y el drama de los tacones volando, las hojas de un portafolio saliendo despedidas por los aires y la cabeza de una chica chocando fríamente contra el suelo, se repite una vez más.
      A veces las noticias dan cuenta de incidentes como este, pero solo cuando tienes que verlo con tus propios ojos y a pocos centímetros de distancia, pones las cosas realmente en perspectiva.
       ¡Se mató, esa joven se mató! gritó una mujer a nuestro lado. El tráfico quedó paralizado, las alarmas lumínicas y auditivas de los autos circundantes se activaron, pronto una nube de personas se encontraba rodeando el cuerpo aparentemente sin vida de la chica.            
      Un hombre empezó a temblar nerviosamente, otros corrieron espantados, una mujer empezó a chillar desconsolada, incluso Dany y su característico gesto cínico de sabio griego, se habían desvanecido para dar paso a un hombre preocupado y consciente, algún remordimiento tendría que acarrearle el hecho de haber sobrevivido decenas de veces al numerito del carro que frena a escasos centímetros de sus rodillas a voluntad, para ahora tener que presenciar, frente a frente, el espectáculo de una persona que en verdad es arrollada por un automotor.
       —¿Habrá algún médico aquí? ¡Por Dios! dijo Dany visiblemente alterado acercándose más a la mujer que yacía tendida en el suelo ¿alguien que sepa primeros auxilios siquiera? Yo, yo no se … yo soy DJ, ¡Qué hago Dios mío ¿qué hacemos?
       ¡Yo también soy DJ! – grité fuerte a la multitud¿Alguien acá que sepa por lo menos que pasos seguir o a quién llamar?
       ¡Por Dios no!, yo soy chef…dijo una chica al fondo entre sollozosYo soy Social Managerdijo alguien con voz temblorosa más al fondo – ¡Nosotros somos gráficos!replicaron otros en coro atrás¡Yo soy fotógrafo! documentaré su posición actual, quizá sea de utilidad mientras llega la ayuda especializadadijo otro mientras sacaba una imponente y anticuada cámara análoga de su bolso, disponiéndose a sacar, no sin asombro, unas cuantas tomas.
      En ninguna parte de Evangelion mencionan que el primer o el segundo contacto ocurrieran un siete de julio, pensé. Volví a la escena. Un espeso charco escarlata empezaba a rodear la cabeza de la pobre chica que reposaba sobre el asfalto, sin que si quiera uno de nosotros tuviera la menor oportunidad de socorrerla o idea alguna de qué hacer.